El sepulcro olvidado de Jesús (IV Parte)


Evidencia de la pátina de los osarios

Pellegrino trabajó junto a Bob Genna, un investigador forense del Condado de Suffolk, en el estado de Nueva York, para analizar la pátina de los osarios. La pátina es la cobertura de material adherido, procedente del medio en que se encuentra un objeto durante mucho tiempo. La idea subyacente es que los osarios procedentes de una misma localización debían de tener una pátina lo suficientemente característica, desde el punto de vista químico, como para identificarlos inequívocamente (una especie de “huella dactilar” del origen). Los osarios se encontraron en un ambiente con tierra roja (terra rossa) rica en hierro. Pellegrino y sus colaboradores identificaron una serie de elementos químicos como hierro, potasio, fósforo, carbón y titanio que daban determinado espectro. Los osarios provenientes de la misma localización, pero no de otras, dieron espectros muy parecidos.

Todo esto no es demasiado sorprendente. La parte importante es que la aplicación de la nueva técnica al osario de origen desconocido que tiene la inscripción “Jacobo, hijo de José, hermano de Jesús” dio un espectro muy parecido al de los osarios de la tumba de Talpiot. Se recordará que la hipótesis de Jacobovici es que este es el décimo osario faltante de la descripción de Rahmani. La presencia de más fósforo y cloro en el interior de las letras de la inscripción de “Jacobo” se consideró evidencia de limpieza con detergente. Los autores concluyen en que la evidencia combinada demuestra más allá de duda razonable que “los osarios inscriptos «Jacobo, hijo de José, hermano de Jesús» y «Jesús, hijo de José» habían una vez residido juntos dentro de la misma tumba, durante milenios[lxix].

Análisis crítico de la evidencia presentada

En términos generales, las hipótesis propuestas por Jacobovici y Pellegrino se basan principalmente en fragmentaria evidencia arqueológica que admite otras explicaciones. Los autores omiten considerar importante evidencia del Nuevo Testamento que mina su reconstrucción.

Además de citar muy selectivamente el Nuevo Testamento, colocan la evidencia de éste que aparentemente favorece sus ideas al mismo nivel que evidencia documental muy tardía y ajena al ambiente palestino como para ser confiable.

En efecto, mientras que los cuatro Evangelios canónicos se escribieron pocas décadas después de los acontecimientos que narran, por testigos presenciales o sus discípulos inmediatos, la literatura apócrifa citada es por lo menos un siglo posterior y refleja un ambiente cultural e intelectual muy diferente[lxx].

Todo esto explica que la investigación se haya enfocado desde el principio como una empresa comercial. Si el interés de los autores fuera la verdad, ellos primero deberían haber sometido al juicio de especialistas sus hipótesis, a través de su presentación en congresos y revistas especializadas, y sólo si resultasen convincentes para el conjunto de los expertos proceder a divulgarlas. Es muy probable que si hubieran hecho esto, no hubiesen llegado muy lejos. Con estas consideraciones en mente, se evaluará a continuación lo que la evidencia dice y no dice.

La tumba

Según los Evangelios canónicos, Jesucristo fue crucificado en el Calvario o Gólgota, una colina prominente al norte de Jerusalén, y fue enterrado cerca de allí[lxxi]. La localización de la tumba de Talpiot, 7 kilómetros al sur de Jerusalén, no se condice con los datos bíblicos. Jacobovici apela aquí al rumor conservado por Mateo de que los discípulos habían robado el cuerpo, y especula que podría haber sido enterrado secundariamente en Talpiot[lxxii].

Pero Mateo relata el rumor sólo para explicar cómo se originó, es decir, a partir del recurso extremo de miembros del Sanedrín de calumniar, sobornando a los guardias, a los discípulos de Jesús[lxxiii]. En la primera mitad del siglo II, Justino Mártir (muerto en 165) da testimonio de que el cuento del robo del cadáver se había extendido más allá de las fronteras de Palestina, a la Diáspora[lxxiv]. William Barclay nota observa la consistencia del proceder inicuo de los dirigentes judíos:

Es interesante notar los medios que usaron las autoridades judías en su intento desesperado de eliminar a Jesús. Usaron la traición para apoderarse de él. Usaron la ilegalidad para juzgarle. Usaron la calumnia para acusarle ante Pilato [y, añadiría yo, la extorsión para presionar al jefe romano[lxxv]]. Y ahora estaban usando el soborno para silenciar la verdad acerca de él. Y todo les falló. Magna est veritas et praevalebit, decía el proverbio latino: Grande es la verdad, y prevalece[lxxvi].

Es en extremo difícil leer el Nuevo Testamento sin notar que, pese a sus defectos, los discípulos eran personas honestas y sinceras, con lo cual la noción misma de una maniobra de ocultamiento aparece como una imposibilidad moral[lxxvii]. También es una imposibilidad psicológica. Los discípulos estaban dispersos, desmoralizados y perplejos, pues no habían entendido las palabras de Jesús sobre su propia muerte y resurrección[lxxviii]. ¿Qué sentido tendría semejante acción, y quién tendría la inventiva, resolución y recursos necesarios para llevarla a cabo?

Además, la sustracción debería de haber tenido lugar en un sábado solemne, lo cual era impensable para cualquier judío. Como si eso fuera poco, según una inscripción hallada en Palestina, un decreto de Augusto César penaba con la muerte a quienes exhumaran un cadáver para inhumarlo en otro sitio[lxxix].

Pero esto no es todo. Kloner estimó que la tumba fue usada durante tres o cuatro generaciones[lxxx], lo que indica conservadoramente un intervalo de 75 a 100 años. Si se recuerda que Jerusalén fue arrasada en 70 d.C. y que Jesús murió aproximadamente sólo cuarenta años antes, esto implicaría que la tumba familiar ya estaba en uso décadas antes de la Pasión. Pero la familia de Jesús era de Nazaret, en Galilea, a 120 kilómetros al norte de Jerusalén[lxxxi]. Si hubieran tenido una tumba familiar, lo natural es suponer que hubiese estado próxima a su aldea y no en Jerusalén.

Incluso aunque luego de la muerte de Jesús algunos miembros de la familia fijasen su residencia en Jerusalén, como puede inferirse del libro de Hechos[lxxxii], esto no explicaría la existencia de un sepulcro costoso perteneciente a una familia pobre, subsistiendo en medio de una comunidad amenazada y con recursos limitados.

Por otra parte, la existencia de inscripciones en hebreo, arameo y griego podrían sugerir que la tumba, que está a cierta distancia de la ciudad vieja de Jerusalén, haya comenzado a usarse después del tiempo de Jesús e incluso después de la destrucción de Jerusalén, entre el año 70 y la rebelión de Bar Kojba, en 135[lxxxiii].

Otro asunto que merece consideración – y en esto el testimonio de los cuatro Evangelios es unánime – es que, antes de la resurrección, los hermanos de Jesús no creían en él[lxxxiv]. Suponer que los parientes de Jesús se encargaron de su entierro secundario significaría que ellos conservaron el cadáver hasta su descomposición y luego depositaron sus huesos en un osario, mientras daban testimonio de la resurrección a riesgo de sus propias vidas[lxxxv].

Además, si luego depositaron los restos de otros familiares en la misma tumba, y luego colocaron sus huesos en osarios, hubieran arriesgado peligrosamente su secreto en numerosas ocasiones. Semejante proceder sería no sólo muy hipócrita, sino inconcebiblemente imprudente. Por otra parte, quedaría por resolver qué motivó su radical cambio de actitud, de incrédulos a creyentes intrépidos. Los hermanos del Señor, Jacobo y Judas, se declaran ambos siervos de Jesucristo, y dieron literalmente sus vidas por su Señor. Judas exhorta a “contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos”. Todas estas cosas son incomprensibles si ellos sabían que los restos de Jesús reposaban tranquilamente en una tumba familiar.




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